Haciendo memoria agradecida

 Córdoba, 03 de julio de 2023


“El corazón tiene razones que el corazón ignora…”     [no entiende] (Blaise Pascal)


    Hace tiempo que vengo pensando en escribir algo acerca de la muerte, sí la muerte; esa acción donde termina la vida. Pero, como cristiano creo en la Vida eterna, es decir, en la vida con Cristo, una vida que no conoce ocaso ni fin. 

    Particularmente si me preguntás qué es la muerte, te respondería con seguridad que es un paso de esta vida a otra, donde ya no existe el dolor, el sufrimiento y donde ya estamos gozando de la felicidad plena, apenas pre-gustada por los que han vivido en gracia y amistad con Dios en esta tierra.


¡Marcela querida… te fuiste nomás! 


Y mientras escribo esto me acuerdo de una canción, que dice así: 

Qué alto que se fue, qué mucho que te quise ra´e [ahora me doy cuenta].

¡Qué lejos que se fue mi querer. Apyta añe´erei con el viento.

Tomimbi nde rekove ha tereho porâite.

[Me quedo hablando solo con el viento. Que brille tu vida y que te vaya bien].


    Gracias por este tiempo compartido.

    Gracias por tus alegrías y también por tus bajones.

    Gracias por ser tan transparente, Negra.

    No hacía falta ser un especialista en comunicación para descifrarte; uno o dos gestos bastaban para saber cómo te sentías. Con tu ya-no-ser, no-estar; dejás un vacío en nuestras vidas; sí, en las de cada uno de tus amigos y seres queridos. 


+ Marina.

    Despedirte a vos es como cerrar un ciclo de un montón de situaciones vividas en el Cottolengo desde que llegué a Córdoba. Cómo no recordar esas tardes donde sentadas fuera del Hogar Itatí charlaban largo rato con Marina. De ella recuerdo también su alegría y ganas de ayudar. Un día me dijo que ella podía ayudarme a cargar unas bolsas de ropa, así que se las cargué en la silla y se sintió la persona más feliz por hacer algo ese día. Se despidió diciéndome: “Cuando quieras vení buscáme y yo te ayudo, (padre)”.

    

    Sé que Mauricio las quería mucho, las llamaba “las comadres del Itatí”. Mirá; nada es casualidad, en estos días la Virgen estará de fiesta también, así que ya estás en sus brazos. Derramá una lluvia de paz al Hogar, que tanta falta hace. Danos la capacidad de comunicarnos asertivamente, con respeto, sin herir a nadie, sin juzgar, sin ofender. Que sepamos abrirnos de los lugares donde parece que todo se incendia. Sé que cuando pedías estar sola o que te sacaran del Hogar era porque necesitabas pensar las cosas con calma, oxigenarte y relajarte… 

+ Hno. Mauricio. 

    Tengo tanto para escribir que me quedo corto. Mirá, el Hno. Víctor te conoce hace poco más de 3 meses, pero también dejás una huella en su corazón. Seguí mandando cartas. Sé que te las vas a ingeniar. Contános cómo estás. Cómo es ese lugar. Ya no hay sondas (las odiabas) y ahora sí comerás lo que te guste.


    Ayer cuando fuimos con Víctor al Sanatorio vi que estabas descansando y no quise despertarte, sentí tu respiración dificultosa y entonces en mi interior te dije que te vayas, que no te aferraras a nada ¡y parece que lo hiciste! 


    Velá por cada uno de nosotros, especialmente por las personas que te han cuidado, las auxiliares, señoras, mamás… Mandá una lluvia de bendiciones sobre nuestro Cottolengo. Ayudános a ser pacientes y a aceptar las cosas que no comprendemos. 


    Sos guanaca, Negra. Mientras escribo estas líneas lloro un mar de lágrimas. Todas mis verdades se han movido un poco, ¡ha sido como un movimiento de placa tectónica! La muerte, el dolor, el sufrimiento, las incomprensiones, las falsas seguridades, ¡todo!


    Creo en la Vida eterna, en el Cielo para vos, en la comunión de los santos, donde ya estás con muchos residentes más, familiares de todas las personas que tienen un vínculo con el Cottolengo: empleados, parientes, voluntarios, bienhechores; ¡porque Don Orione les prometió el Paraíso!… Allí también están el esposo de la Dra. Marité, el Hno. Mauricio, la Chicha (voluntaria de muchos años de nuestra casa y mamá de una enfermera), los papás de los Fornerod y tantas personas más…

"Cómo no extrañar tus rosas tan bien cuidadas y sin espinas, envueltas con una servilleta".


    Extrañaré tus cartas: “Quiero hablar con el (padre) Humberto”. ¡Tus dibujos!, que los aprendí a interpretar gracias a Valeria, una amiga, que me leía tus puntos, líneas, círculos… donde expresabas tus broncas, tus alegrías y las actividades cotidianas. Cómo no extrañar tus rosas tan bien cuidadas y sin espinas, envueltas con una servilleta (por alguna orientadora), tu voz, tu canto, tu mirada… 


    Enseñáme a ser un padre paciente y humilde. Y sobre todo a saber estar en los momentos más difíciles de las personas, porque en las alegrías es fácil estar presente. A veces sólo necesitamos que nos acomoden la silla, pasear o estar bajo una sombra o al sol. 


    Mis amistades me dijeron a ver mis estados de Whatsapp:

“Ya brilla su sonrisa más grande que el sol”. “Le han abierto las puertas del Cielo de par en par”... 


    Sé que seguirás cosechando lo que sembraste. Hasta que el Buen Dios nos vuelva a cruzar por algún Cottolengo del Cielo. Con cariño.


Hno. Humberto, f.d.p.


Por la noche antes de dormir rezamos las Completas en Comunidad y al finalizar leemos un párrafo de algún documento del Papa Francisco; hoy providencialmente nos dice:

“La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: «Lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Saber llorar con los demás, esto es santidad” (GE, 76). 

    Y en el Evangelio del día los discípulos le contaban a Tomás: “¡Hemos visto al Señor!”. Él no les creyó… 


    Marcela, pude hacer carne estas palabras, en tu vida, en tus ojos, en tu sonrisa, en tus locuras, hoy puedo decir que lo he visto al Señor muy cercano a mí… 


    Hace 12 años cuando realizaba mi postulantado en el Cottolengo Paraguayo le decía en oración al Señor, no creo que estás acá entre los residentes; porque Don Orione decía: “En el más desdichado de los hombres brilla la imagen de Dios”. Un sábado mientras lavaba los platos, Fernando, un residente, se me acerca por detrás, me abraza y me dice: “hermano vos sos mi ángel”, allí experimenté por primera vez que Dios habita en cada uno de nuestros residentes y en cada persona…


Marcela, intercedé por mí y que nunca me olvide de los que más necesitan…  


Empecé queriendo escribir algo acerca de la muerte,

queriendo hacer un poco de teología

y terminé abriendo mi corazón…


Que pueda seguir hablando de lo que llena mi corazón.

“De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12,34).


Marcela querida, estás grabada a fuego en mi memoria, recuerdos y corazón.

Hago pública esta carta de desahogo a un año de tu nacimiento al cielo.







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