¿Huir para no hallarse?

    Esta mañana mientras realizaba las Laudes (oración de la mañana) se me cruzó un pensamiento. El tomarse un tiempo para hacer la oración es un ejercicio espiritual, pero también es un ejercicio físico. Es como la decisión fijada de una persona acostumbrada a salir a correr, a caminar o a ir al gimnasio; pone toda su voluntad y predisposición, aunque en ocasiones no tenga ganas; lo mismo sucede con las personas que hacemos oración.

    Cuando tenemos problemas o dificultades, lo primero que queremos hacer es salir corriendo, queremos huir para no enfrentar la realidad, pensando que así resolveremos ese problema puntal o todos los demás inconvenientes. Lo que en realidad estamos haciendo es patear el problema para más adelante, somos profesionales esquivando los aprietos; ¡queremos liberarnos lo más pronto posible! 

    Es cierto que a veces pensamos que no contamos con todas las herramientas que quisiéramos tener, mas existe en el ser humano algo intrínseco, "la ley natural que expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira. «La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres...»" (CEC, 1954). 

    Entonces no podemos decir que no podremos con tal o cual situación, todos podemos solucionar cualquier inconveniente que se nos presente, enfocándonos, concentrándonos y por sobre todo, buscando el bien y la verdad. Porque cuando salimos corriendo, lo que hacemos es alejarnos del ambiente parra llenar los pulmones de otros aires, salimos a buscar fuera una nueva perspectiva. Sacamos afuera nuestras dudas, miedos, tomamos fuerzas y volvemos para resolver ese conflicto real que nos inquieta.

    No obstante, para que ocurra lo expresado anteriormente dentro de nosotros ocurre una ruptura, un quiebre, que debe rehacerse, debe volver a empezar; no dando por perdido nada. "Todo sucede para nuestro bien" (cf. Rm 8, 28), acrisolándonos como el oro en el fuego, puliéndonos como las piedritas de canto rodado sin aristas y llevadas por las aguas a donde ellas quisieran. Solo debemos buscar la verdad.

La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir
al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo.

     Y en la meditación o en nuestro tiempo personal de oración sucede lo mismo, somos movidos interiormente hacia lugares que tal vez no nos gustaría atravesar. Sentimos pereza, la Palabra nos atraviesa, hiere y toca nuestras fibras más íntimas. Pero estamos ante el médico de los médicos, el de la mirada tierna que no juzga, que va formando nuestro corazón semejante al suyo, que nos pide ir mar adentro, contra la corriente, nos pide que perdonemos, que amemos y oremos por los que nos hacen el mal, a no devolverles mal por mal, sino a poner la otra mejilla de manera a poner fin a la violencia; ¡alguien tiene que ceder, alguien tiene que hacerse a un lado de manera que el adversario quede confundido!

    Por lo tanto, si huimos de algo que sea para oxigenarnos, para tomar una decisión a conciencia y por sobre todo, para encontrarnos a nosotros mismos. Ojo, no estamos solos. Miremos a nuestro alrededor y contemplemos la creación que nos rodea; "porque a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sab 13, 5). Allí encontraremos respuestas a todo... pero, no tengas prisa porque "vale más un día en su presencia que mil en otra parte; [...] Porque el Señor es sol y escudo; el Señor da la gracia y la gloria, y no niega sus bienes a los que proceden con rectitud. ¡Señor del universo, feliz el hombre que confía en ti!" (Sal 84, 10-13). 

    Al final, terminada la oración, el alma siente que ha llegado a un lugar de paz, de remanso suave. No fue fácil, quiso huir-salir corriendo, pero el Señor sabe cómo ordenar nuestro caos sabe tiempos, espera y procesos; dejémonos recrear por Él, una y otra vez.

Diác. Humberto Ruiz Díaz, f.d.p.

         

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