El paso de Dios
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Reconocer el paso de Dios
Elías caminó durante cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb (1 Re 19, 8); consumido de celos por el Señor, los israelitas abandonaron la alianza, derribaron sus altares y mataron a los profetas al filo de la espada; entonces él temió por su vida y huyó.
En la montaña pasó la noche en una cueva, hasta que oyó la voz de Dios que le dijo: ¿Qué hacés acá, Elías? Salí y quedáte de pie en la montaña, delante del Señor. En ese momento el Señor pasaba, hubo una serie de fenómenos ocurridos: sopló un viento huracanado, hubo un terremoto, un incendio pero el Señor no estaba en ellos; al final se oyó el rumor de una brisa suave, y en ella le llegó una voz que le dijo: ¿Qué hacés acá, Elías? Volvé por el mismo camino, hacia el desierto de Damasco.
¿Cuántas veces sentiste que ninguno de tus planes se cumplieron? Que fracasaste y que todo tu esfuerzo fue en vano. Pues, también a los amigos de Dios les pasa lo mismo. Pensamos que porque estamos a su servicio todo se nos hará más fácil, de que no sortearemos ningún problema. La bronca de Elías tiene sentido, cuando trabajamos por una causa noble y hermosa pero todo se derrumba, queremos tirar la toalla, cerrar el portazo y mandar todo a la mierda. Entonces, será el momento de buscar nuestro centro.
¿Cuál es mi verdad? ¿A qué vine a este mundo? ¿Qué debo hacer? ¿Hacia dónde ir? Elías se alejó, caminó, caminó y caminó, hasta que se detuvo a descansar. No obstante, en ese momento también fue tentado, se deseó la muerte, lanzó gritos de desesperación: ¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres! Y se quedó dormido.
¿Cuántas veces te sentiste como Elías? ¿Qué hiciste en ese momento? Él huyó, salió corriendo, se alejó y cuando sus fuerzas no le daban más, paró, se sentó a descansar, fue tentado, gritó y durmió. Se vale, por lo menos, una vez en la vida dudar de todo, pelearse consigo mismo, con Dios y con todo el mundo para volver a empezar. Y en esta pelea, no ganamos nosotros, sino que aprendemos de nuestros errores.
Una vez sin fuerzas, frágil y vulnerable Elías; Dios sale a su encuentro. ¿Qué hacés acá? ¿Qué estás haciendo? Estás en la cueva, en la oscuridad, no ves nada con claridad. Salí afuera y ponéte de pie, la vida sigue, nada está perdido; estoy contigo en los detalles más insignificantes, me deleito contigo cada amanecer, hago brillar el sol por vos, los pájaros cantan para que los oigas y seas feliz.
Estoy contigo en tus tormentas, cuando todo parece incendiarse; estoy contigo cuando te detenés a descansar, allí mi brisa suave te envuelve y te digo que Te amo. Volvé por el mismo camino, hacia el desierto, sí hacia el desierto. Porque el desierto es el lugar de la prueba, el lugar donde tomás fuerzas nuevas, donde todo vuelve a empezar. Yo estaré contigo hasta el fin de los tiempos. Yo estoy contigo siempre. "Yo Soy".

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